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Detener (23 de febrero)

La noche no llega
y el sol aparece muy pronto
junto con la caída
lenta y tortuosa
del abismo interminable
llamado presente.

Es un desierto
lo que se eleva a ambos lados
calcinante y cruel.

Se acabaron las fuerzas.
No hay nada allá afuera para mí
y abrir los ojos
es, en sí mismo,
la primera batalla del día.

Fuera todo es guerra.
Soy una hoja
a merced de la imbatible tormenta
y todo lo que puedo hacer
es dejarme abatir
segundo a segundo
a la espera de no desintegrarme
una vez más.

¿Hasta cuándo durará
este penar?

¿Cuál fue la falta que me condenó
a caminar perdido
por este inhóspito valle?

Una corriente de invierno
es todo lo que necesito.
Una corriente, liberadora
que sepa alejarme de esta costa
que me inunde el pecho
y me pierda en las profundidades
de la nada.

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Hoy te eché de menos (22 de febrero)

Hoy te eché de menos.
El día fue terrible
con las cargas impredecibles de la cotidianidad,
sus ataques inesperados
y la llegada de aquella insatisfacción propia
que tanto te contaba.

Pero hoy, al final del día
no estabas vos.
No tenía tu palabra de consuelo
tu abrazo pronto
ni tu risa diligente.

Y te eché de menos,
con el alma hecha girones
el corazón sediento
el cuerpo abatido
y la mente divagante.

Quise sucumbir ante la necesidad
de pedir a gritos tu presencia
y volverme indefenso entre tus brazos.

Pero no lo hice.
En medio del dolor y la confusión
de otro día igual a los anteriores
recordé que ya no sos mi oasis
sino una frase prohibida
que no he de repetir jamás
bajo la pena de capital
de ver destrozadas mis esperanzas
con solo pronunciarte.

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Pequeños logros cotidianos (21 de febrero)

¿Sabés? Voy mejorando
Hoy sentí la brisa en mi rostro
y no pensé en el roce de tus labios
sobre mis orejas descuidas.

Me recosté sobre la hierba
y no acudió el pensamiento
de tus brazos rodeándome
como si te enraizaras a mi pecho.

Me sorprendió la puesta de sol
y no recordé el dorado de tu piel
y el sabor a agua y sal
que guardabas junto al mar.

El cielo se llenó de estrellas
y no distinguí en ellas tu sonrisa
ni tus ojos infinitos.

Y antes de dormir
no fuiste el último pensamiento
que vino a custodiarme
así evité encontrarme con vos
una vez más en mis sueños.

¿Sabés? Son pequeños triunfos
en este mantenerse despierto
al que llaman vivir
desde que partiste de mi lado.

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Temor (20 de febrero)

Vivo con miedo
a despertar de nuevo
a vivir en pausa
a descansar sin merecerlo

Vivo con miedo
de no ser lo que esperan de mí
y de ser lo que pienso de mí.

Vivo con miedo
de los errores de mi pasado
de la mediocridad de mi presente
de lo terrible del futuro

Vivo con miedo
a que realmente este sea el mejor momento
que podré vivir.

A fracasar otra vez
a no lograr las metas que no sabía que tengo
a quedar destinado al olvido.

Vivo con miedo
a perder mi miedo
y hundirme en la complacencia inútil
de ser la versión actual del mí
por toda la eternidad.

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Quinta y sexta (19 de febrero)

Te vi de lejos
y perdí la noción del tiempo.

Los segundos que te separaban de mi lado
se arrastraron, para hacerse infinitos.

Fue tu piel de arena
tu pelo de atardecer
tu caminar sereno
tu sonrisa perlada.

Yo, que no creo en el amor a primera vista
quedé absorto con tu aparición
entre aquel insulso día.

Entonces, hablaste
y sentí la brisa del mar
brotando de tu aliento,
la erupción de un volcán
impregnada en tus ideas
y el retumbo en mi corazón
de cada vibración de tus cuerdas vocales.

Me miraste a los ojos
preguntaste “¿Qué tal?”
y el trabajo estaba hecho.

Después te oí opinar del mundo
de eso que se había vuelto intransigente
con vos delante,
pero con tal pasión y sabiduría
que el océano rodeaba mis sentidos
y mi cabeza quedaba como sumergida
en las mareas de tus ideales.

Nunca te dije nada.
Te vi dos o tres veces, quizá
lejana, asombrosa, perenne
con la fuerza del mar
y el aroma del cielo.

Hoy te digo,
extraña presencia sideral,
que espero que de tu pecho
nunca paren de brotar
las miríadas de estrellas
que desprendiste
aquel día en el que te conocí
y que el sol siga apareciendo
cada vez que sonreís.

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Cuarta (18 de febrero)

Yo, que vivía absorto en mis dolencias
e ignoraba cualquier brillo en el mundo
me encontré nuevamente con la luz
errante de tus ojos.

Como si fuera un faro improvisado
en medio de la tormenta
tus palabras brotaron
como llamándome a tierra.

Inesperadamente, volvés.
Irremediable y absurdamente hermosa,
asfixiante y embriagadoramente inteligente,
enorme y exóticamente fuerte.
Y no es justo.

No es justo que regresés
como si nada hubiera pasado
como si tu ausencia hubiera sido solo un mal sueño
y no una pesadilla estando despierto.

No es justo que me digás “te quiero”
cuando diseccionaste poco a poco
mi alma
con gestos, palabras y acciones.

No es justo que me deslumbrés con tus ojos marrón
que me cegués con el candor de tu corazón
cuando arrasaste con tu lluvia
todo mi ser.

Hoy no.
Hoy no puedo caer de nuevo
en tu piel constelada
en el atardecer de tu pecho
ni en la plácida noche de tus latidos.

Volvés
cuando yo me voy
aunque hayás cumplido tu misión
de marcarme a fuego
una vez más.

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Tercera (17 de febrero)

Vivo constantemente
en la espera inútil
de que un día
me querás

Mantengo mi oído atento
a cualquier murmullo
que distorsione el ruido del mundo
para identificar
tu voz llamándome

Pero todo es inútil.
Cruzaste océanos de estrellas
lejos de mí
con la fuerza de superar
aquello que yo no logré.

Las hojas de los árboles siguen cayendo
y con cada una cae también mi esperanza
de que volvás
por más que yo te espere,
por más que lo hayás prometido.

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Segunda (16 de febrero)

No hubo momento más desolador
que aquel en el que comprendí
que no ibas a volver.

Tu perfume se diluyó
entre el vacío de tu ausencia
y la muchedumbre de recuerdos.

Te llevaste con vos
todas las estrellas del firmamento
los atardecer de todo el año
el brillo de la luna sobre el agua.

No sé dónde estarás
en qué pensarás
por qué vivirás
pero sé que ya no volverás.

Por eso le pido al viento
que lleve hasta tu oído
el recuerdo de mi voz
y te inunde de los mil ‘te amo’
que nunca llegué a decirte.

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Primera (15 de febrero)

Llegarás de nuevo por mi vereda
fingiendo distracción
ignorando mi rostro
como si te disgustara mi presencia
mientras por dentro te quema
verme feliz.

Retumbarán en tu memoria
los deseos de amargura y derrota
que pediste para mí
cuando nos dijimos adiós
y pensarás por qué no se cumplieron.

Te verás mucho mejor
mejor que cuando estuviste conmigo.
Con éxito, dinero y felicidad
y te preguntarás por qué llega el vacío
al ver que no padecí sin vos.

Y yo te diré
que no mejoré
que no cumplí mis metas
o que sigo frustrado con mi vida
pero que es mucho mejor ahora
que vos desapareciste de mi historia.

Cuando volvás a tu palacio
al que construiste con esfuerzo y lucha
espero que podás disfrutarlo
y que tu deseo incumplido
de verme en la miseria
no arruine todo lo que has conseguido.

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Soledad (14 de febrero)

El mundo queda en silencio
y te das cuenta de que estás solo.

No hay nada más
nadie cerca o lejos
nadie en el ayer ni en el mañana.
Solo.

Aprendiste a moverte
entre esa bruma
de extrañeza y diferencia,
tratando de alejar la sensación
de que tenés algo malo dentro.

Aunque apartás los pensamientos
y te decís que no pasa nada
cuando llega el silencio
te duele un poco más
la fría soledad
la ardiente soledad
la eterna soledad.

Estás solo
de nuevo
a veces por decisión propia
a veces por decision ajena
pero solo al fin.

Cerrás los ojos
pensando en que mañana
todo será mejor.
Te sentirás bien
acostumbrado a la sensación
hasta que llegue el silencio
y, viendo al firmamento de tu techo,
sentirás de nuevo el manto de la soledad
con el que creciste y convivís
hora tras hora.

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