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Un (mini)cuento de Navidad (24 de diciembre)

Ella amaba leer. Leer, leer y leer. Cuando la conocí, tenía un libro en los regazos y los ojos llenos de luz y letras.

Caminaba con su lectura bajo el brazo y cada pausa era buena para echar una nueva ojeada. Leer era su pasión; la mía era ella.

A veces se encerraba en su mundo de tinta y no se le podía sacar de allí. Yo había aprendido a distinguir cuando estaba de viaje, porque juntaba pestañas y cejas, balbuceaba el camino que sus ojos le trazaban y sujetaba los bordes del libro como si fuera una tabla en medio del océano.

Ella amaba leer; yo la amaba a ella. Quería hacerla feliz, pero ya tenía todos los libros que conocía. Así que hice lo único que podía hacer: le escribí el suyo propio. Los libros eran su felicidad; ella era la mía.

Durante días, redacté una y otra vez nuestra historia, desde el día que la vi por primera vez, bajo la luz violeta del roble sabana, hasta el día que empecé a escribirle, pensando en sus ojos de ámbar.

Compuse poemas, cuentos y prosas sobre ella, su inteligencia, su belleza y su espíritu. Usé hojas de oro, de esmeraldas y de plata.

Al final, una fría tarde de diciembre le di mi regalo. Sus ojos se iluminaron. Mi regalo fue un libro; el suyo, un beso.

Y, después de 8 meses, descubrí lo que ella hacía con los libros que terminaba. Lo que yo vi como escrito en piedras preciosas, ella lo leyó en papel amarillo. Una vez acabado su interés, mi libro quedó olvidado en una banca, bajo la lluvia y el viento.

De ella no supe más, una vez que se marchó. Yo no volví a escribir para nadie, porque pude ver mis 440 páginas disolverse en el agua como arena en el mar. Ella destruyó mi libro, yo, mis ganas de escribir.

Y hoy la vi de nuevo. Se mecía en una hamaca, con su bufanda de invierno y su pelo a la luz de la luna, brillando como un fuego a punto de extinguirse. Entre los dedos que me acariciaron, yacía un nuevo libro. Ni siquiera intenté esconderme, porque estaba en uno de sus viajes de tinta.

Yo oculté las manos en mi abrigo y, en mi mente, empecé a escribirle de nuevo. Miles y miles de historias que se quedarán en mi cabeza. Muchas reales, otras ficticias, pero, al final, todas como las de mi libro: insignificantes para sus ojos.

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Exigencias (23 de diciembre)

¿Te exigía mucho
cuando quería un atardecer
después de cuarenta lunas
que vimos separados?

¿Era una odisea
querer un par de sueños
después de tantas noches
en vela y soledad?

¿Fui un loco
cuando traté de recorrer
el camino que me prometiste
y que desaparecía en la bruma?

Tal vez exigí demasiado
o quizá no tuve paciencia
pero seguir perdiendo el tiempo
ya no es parte de mi vida.

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Elección (22 de diciembre)

Elegí quedarme en la orilla
con el agua en los tobillos
antes que sumergirme hasta la frente
del mar salado.

Elegí mirar las estrellas
desde un lugar seguro
que viajar hasta ellas
en una travesía inescrutable.

Elegí caminar despacio
por la hierba tranquila
que correr desbocado
por la pradera salvaje.

Preferí reír con todos
y llorar con ninguno
antes que bajar mis murallas nuevamente
y sufrir otro saqueo en mi interior.

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Pesos (21 de diciembre)

Cargo tanto peso
que ya no sé
si llevo el correcto
o en alguno me equivoqué.

La angustia que me pesa
es por el fracaso y el miedo
No tengo fe en nada
Descansar un minuto no puedo.

Llevo estas piedras
En mi alma y en el corazón
Cabalgan las penas día y noche
Y me hacen perder la razón.

Ya no sé si llevo
mi carga o la de alguien más
y me sigo llenando de angustias
Pensando que si me visto de mártir
Hallaré la paz.

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Baño de nostalgia (20 de diciembre)

La ducha fría recorre mi piel
tensando casa memoria que me queda
haciendo de mi alma un acordeón
que se estira y se encoge
ante la falta de aire.

Cada gota es un grito
del pasado distante
una afilada daga
que revuelve mi cabeza
con desagrado y desgana.

Cierro los ojos
ante el polvo del recuerdo
que me engaña una vez más
diciéndome que antes
todo era perfecto.

El agua fría sigue cayendo
junto con un recuerdo tras otro.
Tu partida, la pérdida de ellos, la ausencia de creatividad
todo se agolpa en cada gota
drenando mi voluntad.

Cierro el tubo como por inercia
pero la sensación se mantiene viva
porque esa es la maldición de la nostalgia
añorar a partir de cualquier estímulo
una vida cegada por la melancolía

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Revolución (19 de diciembre)

Llamo a la revolución
contra el dolor y la amargura
contra la desesperanza y la aflicción
contra la desazón y el corazón roto.

Mis armas serán
el sol de invierno y la lluvia de verano
el calor de la luna y el frío del sol
el abrazo perdido y el beso encontrado.

Caeré cuarenta veces
en los prados resecos y ardientes
y me levantaré las cuarenta
aún con el miedo a caer otra vez.

Haré la revolución
contra quien me ve derrotado
contra todos los dios
contra mí mismo si es necesario.

Y en algún momento
me llamarán revolucionario
porque te regalé la sonrisa que necesitabas
en la noche más oscura.

Llamo a la revolución
aún cuando no quedan fuerzas
porque más allá del valle
alguien necesita más que yo
revelarse una vez y para siempre.

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Destino (18 de diciembre)

Aquello que construimos todos los días
sea serenos como la arena
o en rebeldía como el viento.

Lo que no está escrito
sino por las huellas del pasado
y el rastro que queda de lo que fuimos.

Es el momento en el que decidimos
respirar profundo y no saltar
o correr sin mirar atrás.

El destino es lo que hacemos
con las cartas que nos tocó jugar.
Es el poema que escribimos
con la música que dicta el corazón.

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